ARTE POR LA IGUALDAD
MARIO, EL GITANO CON PECAS
Mario nació un día de primavera
del mes de abril. Vino al mundo rápido, antes de lo previsto según la partera
del poblado. Era media mañana, cuando el sol se colaba juguetón por los
ventanucos. Su abuela consideró que el niño llegaba con la suerte de cara
porque hacia más de un año que la luz eléctrica había desparecido de las
chabolas y las velas y los rescoldos eran las únicas armas contra la oscuridad.
Aquella noche la hoguera
comunitaria que, tan pronto tenía un caldero con agua, como un potaje, avivó
los canticos y los bailes. El niño se agarró bien al pecho de su madre y no lo
soltó hasta bien cumplidos los tres años; día que la trabajadora social propuso
escolarizar al niño. Para entonces, la
madre de Mario volvía a estar en cinta y
la idea de que al niño le dieran una comida en el comedor del
colegio pudo con sus miedos. Por otro lado, en los últimos meses el ambiente
del poblado había cambiado mucho. Algunas familias habían conseguido una casa de realojo con agua corriente y luz eléctrica.
En dos de las chabolas desocupadas se habían instalado dos familias que cambiaron
el apacible paisaje en apenas unas
semanas. Parecían no querer formar parte de la comunidad donde se habían
instalado. No hablaban con nadie y les molestaba que los vecinos se dirigieran
a ellos. Por el contrario, recibían constantemente visitas fugaces de
desconocidos. Había días que se las colas frente a la puerta de una de las
chabolas subía hasta la cuesta del cerro. El ambiente se enrareció. Las
jeringuillas convivían con los excrementos de los perros. Así pues, cuando el padre
de Mario pensó que descansarían sabiendo que el niño estaba seguro ahora que el
tráfico de coches había crecido tanto
que apenas tenía un sitio seguro donde jugar.
Todas las mañanas un minibús recogía
a los niños del poblado para llevarles a la escuela. Lo hacía en lo alto de la
senda del pinar. Un camino sin asfaltar que les cubría los viejos zapatos de
polvo o de barro en época de lluvias.
A Mario le gustó la escuela. No
le costó aprender y pronto, le había
cogido gusto a la lectura. Aprovechaba
cualquier momento para ir a la pequeña biblioteca y sumergir su naricilla llena
de pecas en ese mundo de historias fantásticas que tanto le gustaban, Pero a
medida que fue creciendo comenzó a ser consciente de que algunos de sus
compañeros cuchicheaban cuando llegaba a clase, le miraban los zapatos y se reían.
Un día, la burla subió de tono y Mario escuchó como le llamaban el pecoso zarrapastroso
que huele a leña. Esa noche, lloró escondido en su catre preguntándose porque
no podía ser como los demás. Incluso llegó a desear tener otros padres que le
comprasen unas botas nuevas y tuviesen luz eléctrica para poder leer los libros
sin la ayuda de una vela.
Unos días más tarde, cuando Mario
llegó a la escuela, percibió que en la puerta había muchos niños a los que
nunca había visto. Al entrar en el aula, las mesas estaban dispuestas de otra forma,
de manera que cupieran más. La profesora les mandó callar ante el revuelo que se había originado. Les explicó que se había caído
el techo de un colegio cercano y que no había quedado otra opción que
distribuir a los alumnos en tres de los colegios de la zona. A su clase le
había correspondido ocho niños más.
—
Espero que le deis la bienvenida como se
merecen— dijo la profesora.
Los ocho entraron por la puerta
entre los aplausos de la profesora que animaba a sus alumnos a mostrar un
cálido recibimiento. Solo Mario y cuatro alumnas le acompañaron con los
aplausos. El resto, alentados por Martín, el cabecilla del grupo. Comenzaron el
abucheo y los insultos; negro, gorda, rollito de primavera…
Mario llevaba tiempo percibiendo
la crueldad de Martin y, como el resto, le reía las gracias por miedo a la
represalias de la salida. Los libros habían sido su escudo recurrente sin darse
cuenta; no salía al patio, el lugar donde se gestaban los conflictos. Escuchaba
las burlas sobre sus pecas, sus zapatos y el olor a leña que desprendía su ropa
pero había aprendido a callar, a ser el gitano solitario, porque esa era otra
burla.
—Mirad; hay viene un gitano con
pecas -gritaba Martín todas las mañanas. Mario no se avergonzaba de ser gitano.
Tampoco de sus pecas. Su madre se las besaba toda las noches alabando lo mucho
que le gustaban. Esos besos eran para él lo más importante del día y, por eso,
consideró que no debía desilusionar a su madre hablándole de las burlas que
recibía.
Sin embargo,
escuchar como faltaban el respeto a sus nuevos compañeros le indigno. Había
leído un libro con la biografía de Luther King, en dónde aprendió lo que era el
racismo. Le costó entender cómo se puede llegar a ultrajar a un ser humano solo
por el mero hecho de ser diferente; por su color de piel, su raza o su peso. Ese
día aprendería algo más, que la tendencia sexual también era motivo de discriminación
y el mero hecho de ser mujer.
Las burlas
fueron subiendo de tono, la profesora gritaba pidiendo orden pero nadie le hizo
caso. Para Mario el remate fue ver llorar a uno de sus nuevos compañeros; lo
que a él le rompió el corazón, a Martín le supuso un nuevo motivo de risa.
-¡Mira la
maricona cómo llora!! Nenaza que eres una nenaza!
Mario no pudo más.
Nunca supo de donde le salió el valor para ponerse en mitad de la clase y
pedir a Martin que se callase. Fue tan inesperado
que lo consiguió. Por un instante el silencio se apoderó del aula. Algunos
alumnos se sentaron en sus pupitres dando `por concluida la fiesta, Pero Martín
no había dicho aún la última palabra.
-Mira el
gitano de las pecas, además de pobre, pelota.
Mario le miro
muy despacio, fijamente. A Martin le brillaban los zapatos., debían ser nuevos.
Esta vez, no le invadió. Pensó en su madre besando sus pecas y sonrío. A Martín
esa sonrisa le hizo perder el control y se abalanzo contra Mario que recibió un
primer gancho en la cara. Pero cuando Martín fue a soltar el segundo, una mano
tenía sujetó su brazo. Lo hacia con fuerza. Martín se desesperó y comenzó a
increparle.
— ¡Suéltame
negro!
Para entonces
los otros siete nuevos compañeros habían amarrado a Martín y Pablo, uno de sus
aliados, se levantó a socorrer a Mario.
— ¿Pero qué haces ayudando al gitano? ¿Te has vuelto loco?
—Esta vez, te
has pasado de la raya, Mario
Ese fue el
primer día que Mario bajo al patio en vez de ir a la biblioteca. Los nuevos compañeros
se mostraron muy agradecidos y decidieron hacer frente común contra Martin, que
se pasó el resto del día castigado en el despacho del director.
Esa noche,
Mario esperó con ansia el besa pecas de su madre. Tenía preguntas que hacerle.
— Mami,
¿Qué significa maricona?—
A la madre la
pregunta le pilló desprevenida, a lo cual contestó:
—No lo sé.
— ¿Pero cómo
no lo vas a saber si lo sabe Martín?
Al principio,
las palabras se le anudaron a la garganta. Pero, poco a poco, con calma fueron saliendo
con normalidad. Mario escuchó atento, sin hacer preguntas hasta que su madre
hubo terminado todo la explicación.
— ¿Lo has
entendido?
— Claro, mami.
Una pareja como Marcelo y Ramón, los vecinos del número 8. — ¡Exacto! A ellos
nos les gusta que les describan así, sino como gays que no es ofensivo. De
todas formas Mario, ya te darás cuenta de que no ofende quien quiere, sino
quien puede.
—Eso tampoco
lo entiendo
—Tranquilo, ya
lo entenderás. No quieras correr tanto. Y ahora, explícame que ha pasado en la
escuela.
Mario comenzó
el relato con episodios anteriores para situar a Martín frente a su madre como
lo que era, un mal educado. Su madre le miraba con tristeza, aun a sabiendas de
que ese día Mario había dado un paso más hacia la madurez.
Comentarios
Publicar un comentario